Daisy López Nunci

 

Novela:

El fabricante

 

Capítulo 3 (Fragmento)

 

 

 

 

 

 

"El ánfora vacía"

 

 

 

 

 

"Dejó, pues, su cántaro la mujer,

se fue a la ciudad

y dijo a los hombres:

Venid a ver a un hombre

que me ha dicho todo

cuanto he hecho."

 

San Juan, 4, 28-29

 

 

 

 

 

Cuando tenga tiempo para llorar,

me quitaré la máscara de siglos

que llevo puesta, e intentaré dar marcha atrás, torneando

mi ánfora con barro nuevo.

 

     Se miró en el espejo y vio a la mujer de siempre. Era la misma samaritana de todos los días, excepto que hoy, como algunos días, el espejo estaba empañado y el ánfora que llevaba a cuestas, apenas se veía.

     Se metió dentro del espejo para limpiarlo por el otro lado, hasta que logró que el ánfora se refejara sobre su silueta. Entonces salió del espejo y se observó detenidamente. Era hermosa y definida; de líneas clásicas, aunque como el ánfora; oscuramente vacía. Pero se sintió tranquila. Aquella ánfora de Sicar, de más de veinte siglos, le daba verdadero sentido a su vida.

     Se maquilló con calma. Dibujó cada rasgo de su rostro con la precisión del artista que trabaja con claroscuros. Trató de resaltar los rasgos hermosos e iluminó las imperfecciones y sombras que, desde adentro, pudieran notarse desde afuera.

     Puso mucha luz en sus ojos para aclarar la oscuridad que, durante veinte siglos de mirar desde el fondo de los pozos, habían adquirido sus pupilas.

     Trazó, límpiamente, las líneas superiores e inferiores de sus labios para difuminar la posibilidad de que se percibieran, por un observador muy hábil, las mentiras bosquejadas para ese día.

     Aceptó, como siempre que dialogaba con el ánfora, que podía, de vez en cuando, mentir.

 

     Recordó que veinte siglos atrás, cuando le dijo a Jesús, el Mesías, que no tenía marido, él le había dicho: _"Bien dices: No tengo marido; porque cinco tuviste, y el que ahora tienes no es tu marido; en esto has dicho la verdad."_

     Desde aquel día, la samaritana y el ánfora comprendieron que la mentira, sabiamente expuesta e interpretada, puede parecer una verdad.

     Se miró nuevamente al espejo y se sintió satisfecha. Su rostro le pareció perfecto para su trabajo.

     Era una máscara construida por opuestos sabiamente difuminados bajo el maquillaje: sombras y luces, mentiras y verdades, muertes y vidas.

     Se sintió, junto con su ánfora vacía, dueña del ciclo eternamente repasado y aprendido, del ser y el no ser.

     Era poseedora del arte de manejar los hilos de la araña con los que enlazaba las vidas de los hombres del Nuevo Programa de las Prisiones Fabricadas. Los mismos hilos que, durante veinte siglos, cubrían la boca del ánfora que un día dejó abandonada en el camino polvoriento de Sicar. El único día en que, olvidando sacar el agua del pozo, sintió vergüenza, no por haber mentido, sino porque un desconocido, fatigado y sediento, descubriera las verdades que no dijo.

     _¡Qué largo se me hizo el camino, Eva! Estuve veinte siglos caminando por el filo del tiempo para ir a recoger el ánfora que dejé tirada en el camino, el día que Jesús, el Mesías, le llamó verdad a mi mentira.

     Yo no estaba preparada para eso. Te juro, Eva, que si me llama mentirosa, me hubiera sentido acorralada, como en un callejón sin salida y me hubiera revelado. Le hubiese respondido, con tono agrio, que más mentiroso era el.

     Pero me hizo sentir como una caricatura de mí misma. Quedé sobrecogida y desenmascarada, como una sombra resecándose en un día de sol.

     Ese día, Eva, juré por el camino de Sicar, polvorienta y sin ánfora, que nadie iba a poder descubrir la máscara que, durante veinte siglos, estaría oculta detrás de mi maquillaje._

     Y ambas, mujer y ánfora, salieron a buscar el pozo de la vida y de la muerte, desde Sicar hasta Hoy, cubiertas tan solo con sus máscaras oscuras.

     Entró a su oficina como todos los días; maquillada y con el ánfora vacía dibujando su silueta. Sobre el escritorio había un informe polvoriento, de muchos años, acerca de la muerte de un confidente que cayó al vacío desde el extremo inexistente de un movimiento pendular.

     Sopló el polvo de abajo hacia arriba y detuvo, con la fijeza de su mirada, las microscópicas partículas de polvo en el aire. Luego las miró caer, lentamente, sobre el informe.

     Las partículas se acomodaron, una por una, en el lugar que ocupaban antes que la samaritana las soplara y adquirieron, nuevamente, la rigurosidad de las cosas antiguas.

     Intentó dialogar con el ánfora, pero no pudo concentrarse en la conversación. Ambas estaban demasiado vacías.

    Por segunda vez sopló el informe de arriba hacia abajo y se dispuso a leerlo: "El confidente está arrepentido de los casos fabricados y quiere informar toda la corrupción que dijo saber."

     La samaritana y el ánfora sabían que el confidente había dejado de ser joven. Estaba en el ciclo vital que representaba una crisis en la transformación de su identidad.

     _Por eso necesita hablar,_ se dijo, _para ponerse en paz consigo mismo. ¡Eso es! Quiere sentirse interiormente bueno.

     Está buscando lograr lo que Gerhard Adler llama una "consciencia viva". Quiere separse de sus raíces colectivas. Por eso ya no quiere trabajar en la fabricación de El Nuevo Génesis. Desea ser él mismo; con una consciencia individual para regresar a sus raíces básicas: el viejo Génesis._

     Y ambas, samaritana y ánfora pensaron en Pedro. Ellas no podían, así, deliberada y tranquilamente, permitir que el confidente proclamara, en una crisis de mediana edad, que Pedro no tenía sandalias. Y que pescaba hombres de penes tristes para el Nuevo Programade las Prisiones Fabricadas.

    Se asomó a la boca oscura del ánfora, como si se asomara a su consciencia, en un intento por descubrir decisiones acertadas.

     Pero el ánfora no tenía nada en su interior, ni imágenes, ni voces, ni sonidos, ni vida, tan solo un silencio oscuro y eterno desde que la trajo de Sicar.

     Recordó que, cuando regresó a recogerla, veinte siglos después, la boca del ánfora estaba cubierta por telarañas.

     Le molestaba que los periodistas no usaran el lenguaje adecuado. Se les había advertido que la redacción correcta no era fabricar, sino componer prueba, y que eso era necesario para cumplir con El Nuevo Génesis.

     E hizo venir al confidente. Era grande y gordo, como todas las arañas. Pero le faltaba una pierna. Y le pareció raro que Pedro hubiese reclutado arañas con siete patas para El Nuevo Génesis, que debería ser perfecto, aunque no hubiera sandalias.

     Entendió, mirando desde la boca oscura del ánfora, la crisis del confidente: la forma de la muerte se estaba acomodando sobre la forma de la vida; y encajaban perfectamente. Por eso el confidente quería hablar.

     Pensó que sería inútil ofrecer denarios o puestos cuando la vida se contrae. Nada pasa por el túnel misterioso y estrecho que desemboca en la muerte; excepto la vida. Y ella no podía ofrecer vida cuando estaba presente la muerte.

      Percibió un parpadeo, por primera vez en veinte siglos, en el fondo oscuro y redondo del subconsciente del ánfora.

     Y pensó que había parpadeado ella también.

     Decidió negociar con el confidente; él también podía convertirse en un candidato para el Nuevo Programa de las Prisiones Fabricadas. Se le radicarían cargos por impostura por haberse hecho pasar por un péndulo. Y esto, le dijo, dañaria su hoja de vida, en el preciso instante de su muerte.

     _Óyeme bien,_ le dijo elevando el tono de la voz desde el fondo del ánfora, _Tu testimonio es necesario para condenar a un justo. No puedes perder credibilidad antes de la vista preliminar. Tú has sido de los mejores discípulos de Pedro, no lo eches a perder._ Y añadió, con voz persuasiva y suplicante, _Por lo menos, espera hasta que termine el juicio.

     Miró al confidente desde el fondo del ánfora, pero no obtuvo respuesta. Lo vio alejarse cojeando, muy lentamente, como si en vez de ir a un movimiento pendular, fuera camino al Gólgota.

     Y volvió a parpadear junto con el ánfora.

     Y por primera vez en veinte siglos, deseó poder quitarse la máscara y mirarse como realmente era. Sin ánfora y sin maquillaje; puro rayo de sol de un nuevo día.

     Pensó que podría, en algún lugar, encontrase a sí misma y salir del círculo cotidiano y  repetido que no le permitía ser ella. Presintió que había vivido una vida de ánfora, desde que salió de Sicar. Por eso se sentía tan oscura y vacía. Aquella ánfora era el molde donde había cuajado su subconsciente. Ella y ánfora eran una sola. _Ay, Eva, si pudieras acompañarme hasta Sicar por el largo camino de veinte siglos y ayudarme a buscar el momento exacto en que encontré al Mesias junto al pozo. Le daría agua fresca y cristalina y me atrevería a ser yo misma; le diría mi verdad tranquilamente. Estoy segura, Eva, que si no hubiese dejado tirada el ánfora por el camino, ahora estaría limpia de telarañas y de sombras. ¡Ay, Eva, si me hubiese quedado en el año 33!  Estaría luminosa y transfigurada, dispuesta a cumplir mi destino junto a aquel pescador con sandalias._

     Colocó el informe viejo y polvoriento sobre el escritorio, con una nota: "Para Pedro", y se quitó la máscara.

     Lloró veinte siglos de lágrimas que fueron cayendo, una por una, dentro de la boca oscura del ánfora hasta llenarla. La arrastró, como pudo, hasta la ventana. Desde allí, la arrojó al vacío.

     Y salió de la oficina como todos los días, aunque sola.

                                                                                                                                                       Daisy López Nunci