Daisy López Nunci

 

El amor:

 

Diez motivos

para una canción

 a la adolescencia

 

 

 

 

 

 

1

     ¡Con cuánta ansiedad te he esperado, amor, con cuánta ansiedad! ¡Qué te temblores de pájaros y de mariposas dentro del pecho!

 

       Temprano, esta manana, he bajado al jardín y he perseguido por un momento, una pequeña mariposa dorada que ponía un beso en cada flor. La he encerrado en mi mano y la he sentido revolotear inisistentemente por mis dedos, hechos para ti. Su temblor me recorre de arriba a abajo, me impregna con un polvillo dorado que me pone pequeños puntos de luz en el alma.

 

       La he puesto, amor, con infinita ternura dentro de mi pecho y allí la siento temblar. Cuando vengas y te reclines suavemente sobre mi vida, oirás como en mi pecho palpita la mariposa temblante de mi corazón.

                                                                                                                                         Daisy López Nunci

 

 

2

     Nuestro amor está hecho de mar, caracol y arena. La melodía que los demás pueden escuchar dentro de los caracoles es el rumor de este amor nuestro. Dentro del sueño rosado de sus paredes brillantes se oye el sonido de nuestros dedos cuando se rozan nuestras manos; se percibe el tibio sonido de nuestros besos y la majestuosa grandeza del latir de nuestros corazones cuando se hacen uno solo en nuestro pecho.

     Las olas, cuando llegan a la playa, son nuestros pies que vienen a caminar la Isla. Y cada huella que los demás encuentran al pasar, son ofrendas de amor que dejamos en la arena para que la recojan los que tienen poco y aumenten el suyo.

     ¡Qué alegria, amor, ir dejando por la playa pedacitos de amor en nuestras pisadas para que los recojan los solitarios!

     Y nosotros, amor, que poseemos todo el mar, honda canción de algas y sal que eterniza nuestras vidas, le podemos dar un poquito a cada isleño, para que en nuestra tierra, cada hombre le cante una canción al amor.

Daisy López Nunci

 

 

 

3

     Nuestro amor es como un coquí hecho de rocío y campo. En nuestra Isla, apenas se ve, pero cuando canta, amor, con cristalitos de rocío y cascaditas de agua, ¡cómo crece! ¡Cómo se agiganta hasta subir en espiral hasta los pies de Dios con nuestro mensaje de amor.

     Y con su arpa de cristal, diminuta y sonora, lleva hasta Dios el amor de todos los hombres recopilado en nuestras vidas. Muchas noches, desde la palidez de una estrella, Dios se embriaga con el coquí de nuestro amor cuando deja caer sus gotas de cristal en el silencio de la noche. Y piensa que todos los hombres, mas humanos, salen a recoger las gotas de amor que el coquí desparrama por los campos y las ciudades. En cada pecho isleño, amor, hay una gota de ti y de mí que, como un pequeno temblor, recorre a los hombres y fortalece su amor.

     ¡Qué diminuto este coquí borinqueño que comienza a trabajar cuando los hombres terminan para que nunca haya ocio en nuestra tierra y el trabajo sea una fuerza constante! ¡Qué diminutoi, amor, y qué sonoro y fuerte su canto! Tú y yo sabemos que jamás se cansará de cantar porque está hecho del amor de nuestros campesinos y del nuestro. Este coquí laborioso, que saltó de nuestro pecho para cantarle al amor, eternizará la esperanza de los isleños cuando tú y yo, amor, sólo podamos escucharlo desde una estrella.

                                                                                                                                               Daisy López Nunci

 

 

 

4

     Nosotros, amor, muchas veces, hacemos de un güiro nuestra morada. Desde dentro de él, la música de nuestro amor espera por las manos de un músico isleño que nos arroje al aire para poder llegar hasta todos los rincones de la Isla. Y entonces nos enredaremos en los árboles, en el alma de los hombres y de los niños y pondremos notas de amor en el alma blanca de los ancianos.

     Cuando dormimos, amor, dentro de un güiro, somos la pureza verde de la montaña sonando con despertar el sueño de los hombres abstraídos. Y cuando los despertemos, amor, movidos por unas manos casi divinas, estremeceremos la patria que se adormila en los pechos cansados.

     Y el güiro de nuestro amor, frágil y duro a la vez, que pende ahora de un árbol como una lágrima verde que espera caer para salpicar de música la Isla, será un manto sonoro que tiendan nuestras manos sobre los hombres y la vida.

 

                                                                 Daisy López Nunci

 

 

 

 

5

     Esta tarde, tú y yo, nos hicimos maraca, amor. Y nuestro sueño redondo salió a rodar por la Isla para que todos lo percibieran. ¡Qué sonoro se hizo nuestro amor! ¡Qué campesino!

     Y el niño isleño de ojos oscuros y tez aindiada, encontró la maraca de nuestro amor en su camino de juegos. Y la arrojó al aire, y la sostuvo con su espalda sin dejarla caer al piso. ¡Cuánto amamos tú y yo al niño que jugaba a los indios con nuestro amor! Lo vimos adormilarse, poco a poco, como un taíno cansado del juego. Y su sueño, con la sonoridad de nuestro amor, se fue haciendo dulce y profundo, indio y angélico.

     Recogimos nuestro amor, hecho maraca, y lo pusimos sobre un dujo. Cuando venga el cacique a recoger a su niño taíno que se escapó del cielo para jugar en la Isla, recogerá la ofrenda de amor que le hemos dejado. Y sabrá que en esta Isla tan suya, todavía puede hacerse una maraca con el amor.

                                                         Daisy López Nunci

 

 

 

6

     Este amanecer, nuestro amor se levantó guajana. Cuando el primer rayo de sol tocó su levedad de nube, saltó del tallo que la aprisionaba y corrió por todo el canaveral, ebria y luminosa, dejando un beso de sol en las guajanas que aún no habían amanecido. ¡Qué dorado el canaveral, amor, y qué oloroso a vida y a tierra!

     Esta guajana de nuestro amor, que se irisa al alba y se hamaca en el viento, madruga todas las mañanas para recolectar las gotas de rocío que se escaparon del cuentagotas de la noche. ¡Con qué fervor lo transforma en melao en la fragua de su corazón!

     Y todo el día, amor, se dedica, con la concentración del niño que juega, a su hermoso trabajo verde. Con infinita paciencia, filtra por los tallos delgados de las cañas -flautas de azúcar- el melao de la fragua de su blando corazón de tierra.

    Y los hombres-obreros llegan hasta sus casas con la mirada cansada y las manos dulces. ¡Qué de dulzura, amor, qué de dulzura! En sus frentes hay salpicaduras de melao y en sus almas vibra la melodía de la flauta que ellos, doblados sobre la tierra, esculpieron con su sudor.

     Mañana, cuando se asomen a los rostros de sus hijos verán, cuando sonrían, como se irisa en ellos la guajana madura de nuestro amor.

                                                                     Daisy López Nunci

 

 

7

     Este amor nuestro, que a veces se entretiene correteando por la Isla, se ha hecho cundiamor. Y parece un sol diminuto que llena de luz el camino.

     Y los hombres que bajan a la ciudad con las manos duras de trabajo, acarician, con una tosquedad dulcificada, el cundiamor donde se ha guarecido nuestro amor.

   Y el hombre de la ciudad, que sube al campo con sus manos suaves y cuidadas, toca con asombro la maravilla naranja que los caminos, siempre esperando, ofrecen a los que los transitan. Y nosotros, amor, en el corazón rojo del cundiamor, temblamos de gozo, porque todos los hombres nos miran con asombro y ternura.

Un niño ha tomado el cundiamor en sus manos y con una curiosidad hermosa y sabia lo ha abierto. Nuestra dicha se fragmentó en diminutos corazones para el niño que miraba con ojos abiertos aquel prodigio rojo.

Un sueño de pájaro cruzó por su mente. Y el niño llevó a sus labios la dulzura roja de nuestro amor. ¡Qué alegría descender por la garganta fresca de un niño hasta escuchar el latido de avecilla asustada de su corazón!

Y nuestro sueño, hecho cundiamor para hombres y niños, se resguardó a la orilla del camino para esperar anhelante el alba anaranjada con que nuestro amor se transforma en cundiamor.

Mañana, otros hombres y otros niños hallarán, en sus caminos, los frutos de nuestra Isla en forma de amor.

                                                                                                                                            Daisy López Nunci

 

 

8

     Los hombres, amor, cuando pasan de noche por las carreteras de nuestros campos, reflexivos y sin apremios, pueden descubrir la magia de nuestro amor que se fragmenta en diminutas gotas de luz para ellos.

     ¡Con que ternura tú y yo, verde temblor luminoso convertido en cucubano, nos dispersamos en la noche campesina, para que cada isleño, cuando pase, se lleve en la mirada la gota de luz de nuestro amor.

     ¡Con cuánta alegría corretean los niños detrás de esta diminuta gota de luz a la que Dios puso alas! Y nosotros, lamparitas verdes de amor, nos posamos en sus frentes, en sus pechos y en sus manos.

     ¡Cuánto arrobo en el rostro del niño que aprisiona en su mano la luz temblante de nuestro amor! Y nosotros, ante el asombro del niño, apagamos la llamita verde que late encerrada en su mano. !Qué tristeza cuando la abre y cree haber perdido su pequeña gota de luz!

     Serio y contrariado, regresa a su casa sin percibir que lleva en su corazón la gota de luz campesina a la que nuestro amor le puso alas.

                                                                                                                     Daisy López Nunci

 

 

 

 

9

     Hay ocaso o alba en nuestro amor. Amanecimos flamboyán. Y los pájaros se anidaron en nosotros y arroparon la Isla con una hermosa canción anaranjada. ¡Qué de trinos, amor, qué de gorjeos! ¡Con qué orgullo sostenía el tronco de nuestro árbol el pedazo anaranjado desprendido del arco iris aterdecino!

     Y el hombre que pedía limosna por las calles de nuestra Isla, se sentó bajo la sombra de nuestro amor, adormilado y feliz, con sus miserias arrinconadas lejos del flamboyán. ¡Con qué ternura lo bañamos de flores y revoloteamos a su alrededor convertidos en miles de diminutas mariposas anaranjadas!.

     Y los otros hombres, aún aquellos que no pueden dejar lejos y arrinconadas sus miserias, se llevaron en la mirada y en el alma, como una acuarela, la canción anaranjada y el temblor de pájaros de nuestro amor.

     Y por un momento, nosotros, hechos flamboyán, arropamos la muerte. Y los pájaros que anidaron en nuestro árbol temblaron de silencio. Y nosotros, amor, fuimos arropando, lentamente, al hombre sin vida, formando, al caer, un mullido ataúd de flores anaranjadas.

   Y nuestro amor, hecho llanto, acompañó al pitirre que suavemente, abrió sus las sobre la tumba anaranjada hasta        convertirse en cruz.

                                                                                                                                                            Daisy López Nunci

 

10

     Cuando termine mi jornada en esta Isla, amor, y mi paso sea tan leve que no lo perciba el viento, quiero reintegrarme a la naturaleza.

     De ahí surgí para ti, parda y agreste, fuerte y blanda, ingenua y verde, -criatura de agua y tierra-. Llegué saltando entre las piedras, como el torrente de un río de amor desprendido del pecho verde de la montaña.

     Ese día me hallarás en cada árbol, en cada guajana y en cada pitirre. Me oirás, convertida en un leve murmullo que brotará, como una oración, del corazón profundo de la tierra.

     En cada amanecer, en cada aurora, dejaré en tus manos, doradas por el sol, la ternura blanca de la flor de luz que será mi vida cuando haya vuelto a la naturaleza.

    Y cada tarde, cuando tengas por compañía solamente a la Isla, la vibración de tu amor atraerá la mariposa temblante de mi corazón, que descenderá hasta tus manos, para ofrendarte el pedazo de la túnica de Dios, que mi anhelo de horizontes y mi fatiga de cielos, habrá merecido para ti.

                                                                Daisy López Nunci