Daisy López Nunci

Muestra poética

 

 

 

1970

Libro: La mujer en la Isla

(Premio: Medalla de Oro

del Club Cívico de Damas de San Juan:

uno de los 3 mejores libros publicados en el año)

 

 

 

 

 

 

Así me fui trazando en esta tierra

 

Comencé siendo río. (O me lo figuraba.)

Y le dividí en dos a aquel hombre la montaña.

Y el hombre no detuvo por el agua su paso.

Aún viéndome tendida para que no cruzara

se pasó al otro lado.

Ya no quise ser río.

(A tu consciencia dejo este mi ser sin agua.)

 

Y fui surco esta vez.

_¡Mírame, hombre, mírame! Tan atada a la tierra

y a la vez liberada.

(¿O fue figuración asomada a mi sueño tan surco?)

Y el hombre que se iba dejó temblando el sueño

donde yo resbalé cuando llegué a la tierra.

Por eso no soy surco.

               (Estoy de pie.)

 

Casi árbol.

Hilvanando maracas en soles verdes muertos.

¡Yo los reviviría!

¡Detente, hombre, detente! Dale a mis soles verdes

un poco de la vida que se agita en tu mano.

Mira mi tronco pardo como el tuyo

y mi raíz tan parda.

Y este fruto callado de verdeparda música.

(No tengo pentagrama.)

 

Mis soles maduraron.

Y en la metamorfosis no fue la mariposa.

El hombre cerró el puño sin maracas adentro.

Ya no quise ser árbol.

 

 

(Una esfera inconclusa va rodando Isla abajo.)

 

 

Y ahora soy mujer.

Con asomo de río, de surco, de maraca y de árbol.

El crisol de mis ojos ha cuajado su raza:

y soy isla por ser mujer,

         y soy tierra por ser mujer;

          en el siglo me adentro

con este tiempo roto entre las manos.

                      Daisy López Nunci

 

 

 

 

 

1975

Libro: Ante doce crisis de la mujer isleña

(Premio de Poesía del Festival de Navidad del Ateneo Puertorriqueño)

 

Segunda crisis

 

La mujer,

parada sobre el filo del horizonte rojo,

sintió pasar el tiempo de la lucha

con el paso estancado

y la mirada hueca.

 

Se irguió sobre el ocaso ensangrentado

sin una gota verde en la figura rota

y quiso caminar hacia la Isla.

 

Un buitre extendió sus largas alas

y batió el horizonte

de la mujer inmóvil.

 

                     (Sangre y oscuridad en las pupilas

                                                   de párpados pesados como arena.)

 

La mujer,

inició el paso roto en otro tiempo

y oyó resquebrajarse su pisada.

Del hueco caracol del pecho abierto

bajó un hilo de sangre

que corrió sin sentido por su cuerpo.

 

La mujer, se dobló sobre el filo del ocaso

en un rojo alarido de silencio.

 

Tendida sobre el tiempo,

desvertebrada y rota,

vio bajar al buitre festinado

a hurgar el coágulo redondo de su pecho.

 

 

 

 

(Sobre el filo del horizonte,

             apenas punto rojo,

           la mujer,

                            ya sin tiempo,

                   se adormila en el hambre del buitre.)

                                                                                                                            Daisy López Nunci

 

 

 

 

 

 

 

 

1980

Libro: Los motivos del Yo

(Diploma de Honor

de la Sociedad Puertorriqueña de Escritores)

 

 

 

 

 

 

El barro transmutado

Me llamó la hora

y salí a la vida.

Detrás de mi sombra me palpé desnuda

y tembló la idea.

_¿Quién podrá cubrirme?

-¡La tierra!

               _¡La tierra!

_¿Quién podrá guardarme?

-¡La tierra!

               _¡La tierra!

Y miré hacia el suelo

buscando mis huellas

desnudas y frías.

       (El leve temblor del río cristalino

me prestó sandalias

y salí al camino.)

¡Asombro en las voces de los tiempos viejos!

(Mis pies

                  sobre el polvo

                                  azogan espejos.)

 

Y me fui a los campos.

_¿Quién podrá guardarme?

-Los maizales rubios

que en el suelo arden.

(Sobre la llanura

               la azada del viento

                             se afila en la luna.)

 

Corrí a la montana.

_¿Quién podrá guardarme?

_Las quietas colinas

que el otoño expande.

(Sobre las lloviznas

               mi barro desnudo

                                   se alarga en el prisma.)

Y quedó en mi cuerpo

la rosa,

          la abeja,

                            el sudor del río,

                                            la hermética sierra;

la maleza hirsuta,

              la leve guajana,

                    el pálido trigo,

                                    la flauta de caña.

 

Y me fui cubriendo

          de maizales aúreos,

                    de troncos enhiestos,

                          de paisajes blancos.

De naranjos dulces,

             de almácigos quietos,

             de pinos agrestes,

                          de yagrumos nuevos.

 

Y cubrió mi carne la roja amapola

que en mi quieto algibe

desangró sus horas.

Y cubrió mi carne el musgo tranquilo

que en sus soledades

apacigua el ruido.

 

Y llegué a las horas

de los tiempos nuevos:

larga de caminos,

          alta de luceros,

                    madura de frutos,

                                  bordeada d espejos.

 

Y llegué sin nombre.

_¡Oye, mujer-barro!

         _¡Oye, mujer-rio!

                         _¡Oye, mujer-campo!

                                    _¡Oye, mujer-trigo!

 

Me sentí presente.

Asomada a un tiempo que despierta al alba.

(Como en un espejo me miré en los hombres

que se levantaban sobre el horizonte.)

 

 

              

 

 

Y llamé a su tiempo:

                    _¡Espera, hombre-campo!

                           _¡Espera, hombre-trigo!

                                   _¡Espera, hombre-barro!

                                        _¡Espera, hombre-rio!

Tú podrás guardarme

                                      Daisy López Nunci

 

 

 

 

 

 

 

 

1990

Libro: 5 grandes poemas

(Mención de Honor-

Certamen de Poesía José Antonio Dávila

auspiciado por Móbil de Puerto Rico)

 

 

 

 

 

 

Los monólogos de Atabei

 

Monólogo 1

La Creación

(Guamí-carayá-güey)

 

Yo siempre había existido.

Desde todos los tiempos.

Habitaba en la luz primigenia del astro donde dormía mi raza.

(Diosa de luz y sombras moraba en los espejos.)

En la consciencia cósmica mi corazón latía

como pájaro inquieto.

-Era un grito callado

          que rodaba sin alas

                           por el cristal del tiempo.

En el hueco de luz que ahuecaba mi pecho

el rumor de unos pasos despertaba el silencio.

(Por mis venas corrían estrellas desveladas

pulsando mis arterias como tambores huecos.)

....................

Un dia solté la vida de pasos luminosos y raíces al aire.

Me sentí florecida:

                de albas recién creadas,

                    de espejos rumorosos,

                         de coquíes sensitivos

                                   de cemíes silenciosos.

Por el túnel de luz de mi flauta de hueso

pájaros invisibles iniciaban el vuelo.

....................

Así llegó la vida.

Sobre la tierra parda arrojé mis espejos

como chispas de luz de místicos reflejos.

Sueño de irrealidades

          que en extraño alarido

                        le arranqué al Universo.

Todo estaba cumplido.

El indio era en el tiempo.

 

Monólogo 2

El Tránsito

(Yukiyú-jan Juracán-uá)

¿Quién camina en la luz del astro entumecido

que reposa en mi pecho?

¿Quién busca la raíz de los siglos dormidos

en mi flauta de hueso?

Por el silencio azul de mi sueño despierto

se enredan los bejucos que tiemblan en el suelo.

(Largos hilos de vida

                 que hasta mí levantaban

                  el sollozo impreciso

                                   de los tambores huecos.)

....................

¿Dónde vas Yukiyú por el batey desierto?

_Oigo un rumor de alas

               desangrando su vuelo.

¿Dónde vas Yukiyú por los surcos abiertos?

_Escucho las raíces

               rodando por el viento.

¿Dónde vas Yukiyú por los montes inciertos?

_Oigo los caracoles

                  temblando en el silencio.

Por el rayo de luz de mi flauta de hueso

el Yucayeque asciende tembloroso a mi pecho.

(El alba de los campos parpadea en el silencio.)

Lento ...

                                          largo el camino de vuelos fracturados

                   que recogía mi cuenco.

(Irreal procesión de cristales sangrantes

por la senda de luz de mi vasto Universo.)

...................

¡Guacar de las cavernas!

¡Guacar de los silencios!

¡Guacar de las codicias!

¡Guacar de los guerreros!

¡Guacar! ...

               ¡Guacar! ...

                           ¡Guacar! ...

¿Qué le hiciste a mi pueblo?

 

Monólogo 3

Lo Eterno

(Jan-jan catú)

 

Aquí estoy.

Con la piel blanquecina por mis siglos de llanto.

Detenida en el surco como semilla hueca.

Vertical.

               Inexacta.

Con los brazos caídos y las pupilas secas.

_¡Yo que era un canto al ave

               de vuelo suspendido

                                   entre el cielo y la tierra!

_¡Que me rompí una tarde

         como nido de luz

                              para poblar la tierra!

Soy anfora vacía

ahuecada ...

             dispersa ...

¡Honda raíz sin sabia amortajando estrellas!

Transparente,

          imprecisa,

                     desindiada,

                                 imperfecta.

Horizontal enigma.

                    Vertical apotegma.

Sin embargo ...

          me encuentro ...

En la mujer de ahora

que recibió su tiempo

juntando petroglifos

en el sudor del viento.

 

Sin embargo ...

          me encuentro ...

En el ángulo oscuro

del cemí que dibuja

la figura precisa

del ser puertorriqueño.

(Soy la Raza-raíz que recorre la tierra

        enredada en el paso

                                      de las presencias nuevas.)

                                       Daisy López Nunci

 

 

 

 

2001

 

Libro: Moriviví

 

(Primer Premio de Poesía

del Ateneo de Ponce)

 

                                               

 

 

 

 

Canción última

 

Lema: Primero fue,

                                     después no fue, ahora es.

 

Nadie.

Solo la soledad.

¡Y este olor rancio y seco de una sombra taína

doblando ceremonias sobre horizontes muertos!

_¡Óyeme, transeúnte!

¿Adónde fue el areyto?

 

Y de la noche inmensa

-como un soplo de asfixia-

brotó un puñado triste de pálidos silencios.

 

Y no fue la palabra:

          silencio en la llanura,

                  silencio por el viento,

                              silencio en la montaña,

                                       silencio en el silencio.

 

_¡No te duermas, taíno,

que se congela el viento!

¡Órdenale a las piedras que canten desde el cerro

y corran por los montes

retumbando en el suelo!

 

_¡No te duermas, taíno,

que el filo del silencio

parte en dos el casabe donde comulga el pueblo!

 

(Y un día

               fue el olvido

                                          rodando por el tiempo.)

 

Y los ojos del río presenciaron un sueño:

¿A quién velan tres hombres desenredando el miedo

que los ata a la tierra como bejucos quietos?

 

Y los ojos del río supieron del misterio

de los dioses de barro que llegaron de lejos

hincando espantapájaros para asustar al miedo.

 

Y entonces fue el martirio.

Y el gotear del silencio.

Y una sombra cobriza

subiendo hasta el cerebro

persiguiendo, obstinada, las huellas del desvelo.

 

Y entonces fue la muerte

recogiendo los cuerpos

que llenan las vasijas donde habita el misterio.

 

Y un día,

                    sobre un dujo,

                                           apareció este tiempo.

 

_—¡No duermas, transeúnte,

que se te escapa el eco

donde cuenta su historia el río de ojos resecos!:

_Una vez, cuando el alma,

era un soplo de miedo,

tres hombres junto al río

juntaron sus silencios.

Y en un cuerpo sin vida

se desató el misterio

de guasábara inquieta

resonando en el eco.

 

_¡Espera, transeúnte, que detrás de tu aliento,

se asoman las palabras

donde reza el areyto!

 

_¡Espera, transeúnte, tienes bija en el cuerpo

y resuena en tu paso

el tambor insurrecto

que estremece el batey

donde duerme tu pueblo.

 

 

 

_¡Óyeme, transeúnte,

que vienes de tan lejos!,

¿Acaso tú estuviste

presente en aquel tiempo?

                         Daisy López Nunci

 

 

 

 

 

*Para una muestra de poesía más amplia, consulte, daisylopeznunci.webcindario.com