Escritos Literarios de Daisy López Nunci

Visión de la Naturaleza en la Poesía de Clara Lair

 

 

        

      El mundo poético de Clara Lair está sostenido, de modo preciso y definido, por la naturaleza. Los elementos del paisaje son puntales sobre los cuales eleva su concepción del amor, del dolor y de la soledad. Los estados anímicos modifican su mundo circundante a través de una visión totalmente subjetiva, permitiendo que el paisaje sea lo que muy acertadamente apunta Cesáreo Rosa-Nieves, un estado del alma. (1)

       Esta íntima comunión poeta-paisaje aparece reiteradamente en toda su obra, pero se logra plenamente en el poemario Trópico amargo (1950), donde el título anticipa el vínculo unitario de la dualidad naturaleza (trópico) y condición anímica (amargo). Las imágenes poéticas y la metaforización adquieren equivalencia a estado psíquico. (2) Las vivencias de la poetisa pasarán al paisaje a través de la proyección:

¡"El escualido río, que es como mis hazañas,

cintajo de rumores encerrado en montañas! (3)

y mediante la metamorfosis:

¡Él, el roble potente y yo la pobre ave! (4)

 

     Clara Lair se aisla del mundo para vivir en una rigurosa soledad. Somete su ser a una clausura con la que no está conforme:

... y el alma siempre llena de ansiedad de crisálida,

aleteando inconforme con el vivir claustrado. (5)

 

     Esta idea de la clausura gravita sobre su vida constantemente repercutiendo, monocorde, en las imágenes poéticas que crea a base de la naturaleza. La idea del cerco, del límite, del encierro, tamborilea sobre su ser y recae, acercándose al concepto freudiano, sobre los elementos del paisaje:

en el río:

"cintajo de rumores encerrado en montañas" (6)

 

en el pueblo:

"...estanques muertos dentro

del perenme bullir y saltar de las olas" (7)

 

"la misma semimuerta vida del pueblo atado

por el mar implacable, de costado a costado ..."(8)

 

en sus anhelos

"ni que por los caminos se me fugue el anhelo

para topar de pronto la montaña y el cielo." (9)

 

en su concepción del ser y de la isla

"!Líder ... tú y yo y la Isla

¡El cerco: el mar y el monte!"(10)

 

en su circunstancia:

"Destila gota a gota mi corazón el charco

quieto o hirsuto que está a mi alrededor..." (11)

 

en sus impulsos:

"¡Que de hoy para siempre todo lo que en mí arranque

haya de rodear muda la quietud del estanque ...!" (12)

 

en la muerte,refiriéndose a la luna:

"Tu camino sin pasos sus rayos tocarán

como tocan la tumba cerrada del que ha muerto." (13)

 

    

      Los elementos paisajistas sirven de travesaño por donde la poetisa pasará de su interior hacia todas las emociones y por donde regresará _plena y vacía_ de vuelta hacia su mundo. Nótese la comunión poeta-paisaje y la equivalencia metáfora-psiquis que existe en los siguientes versos:

ante el amor:

"Sobre la verde manta musical de coquíes

y al candelabro errante, fugaz del cucubano,

el soplo de la vida agrietando el arcano

quiere alma de palmeras y carne de alhelíes.

 

ante la muerte

¡Amor, en otra noche ... lo unirás a mi mano...

para el cuajo profundo de palmas y alhelíes,

bajo el verde sudario musical de coquíes

y el vagabundo cirio, fugaz del cucubano..." (14)

 

     

     Clara Lair sobrepone su mundo imaginativo al mundo externo para crear una serie de símbolos que se cuajan en la naturaleza. De estos, sobresale la trilogía mar, luna y palma. El mar se cocibe como origen y fin de todas las cosas. Ella, como mujer, es:

               "¡Río de yerbas líquidas buscando

                 el desagüe en el mar del que partió. (15)

     El mar es lo libre: "¡El viene y va! (16), lo eterno, lo inmenso, lo tumultuoso; contra el que nada se puede:

 

"Le gritaré a la vida: ¡hunde, flota al azar!

Yo tengo mi oleaje: ¡sus ojos son el mar! (17)

 

es lo implacable y aparece en todo momento como límite al hombre, al pueblo y a la Isla. Sólo en un instante, cuando lo siente suyo, muy dentro de sí, habra de cambiar esta visión:

"¡Yo que tengo las hojas, los montes y el palmar

y el verde ágil y luminoso del mar! (18)

 

      En Clara Lair se percibe una lucha entre su deseo -simbolizado por el rojo del flamboyán- y su espíritu, reflejado en la palidez de la luna. Esta lucha se plasma en el siguiente ruego:

¡Qué el rojo de mi cuerpo sea como una

copa de flamboyán que apacigua la luna...! (19)

 

      En los Nocturnos del amor y de la muerte se percibe claramente la relación poeta-luna:

¡Quién mirando la luna recordará la pálida

faz, el mirar desolado ... (20)

 

(La alusión a la luna llena que acompaña el sentimiento erótico implica la pasión física en contraste con el sentimiento espiritual que sugiere la luz pálida de sus rayos).

     Las palmas, las de mar, simbolizan la vida solitaria que lleva la poetisa:

¡Qué mis brazos vacíos sean como el desvelo

de una palma de mar que se rasga hacia el cielo...! (21)

El mar, como límite para la palma, la priva del movimiento diluyendo su deseo:

¡Oh, trópico! Deja siempre la palma ante el mar

mientras marullo y nubes chocan en el pleamar... (22)

Sus manos, después de su muerte, serán abono de palmeras.

      

     Clara Lair aprisiona en su poesía casi todos los elementos del paisaje, pero demuestra una marcada preferencia por el agua. Esta aparece en diversas facetas con predominio de las formas marinas que sugieren movimiento: olas, ondas, oleaje, marullos. marejada. En otros momentos implicará quietud, cerco: lago, estanque, charco, y, por último, aparecerá como representación de algo que se va, que se pierde: desagüe. La visión del río es dolorosa, hondamente subjetiva: el escuálido río y, asociada a él, el concepto de la vida como río que va al mar. Tres árboles aparecen en su obra: el flamboyán, la palma y el almendro; los dos primeros usados con mayor profusión. Las aves representarán la debilidad de la mujer ante el hombre: ¡Él, el roble potente y yo la pobre ave! (23) La rosa es símbolo de la brevedad de la vida y lo efímero de la belleza. La luna, las nubes y las estrellas son reflejo de lo puro, de lo elevado, pero son las estrellas las que mejor encarnan su ansiedad de altura:

donde termina mi ilusión del mundo

comienza mi ansiedad por las estrellas. (24)

      Y por último, el trópico. Concebido como fragua donde Eros, al igual que Vulcano en el fondo de la tierra, mantiene encendido iconstantemente el deseo:

(.............................................................

avivando, encendiendo azabache, alabastros

en carne negra y blanca: la caldera sin fin del trópico

transmutando los cuerpos al corto cielo erótico.) (25)

      La visión de Clara Lair de la naturaleza no es totalmente genérica. Se detiene en diversos elementos del paisaje puertorriqueño y quizás sea el coquí el que mejor refleje su vida y su concepto del amor:

¡Y mi amor en tinieblas, sollozando escondido,

como un triste y oculto coquí despavorido! (26)

      Un verso sintetiza la comunión poeta-paisaje que aparece como un acto de fe hacia las cosas distantes e imprecisas de la naturaleza:

Creo en las nubes, en la luna y en las estrellas.

En todo lo lejano e inaccesible, ... (27)

 

 

Notas bibliográficas

1. Cesáreo Rosa-Nieves. La poesía en Puerto Rico. (2da. ed.: San Juan: Editorial Edil, Inc., 1969), p. 227.

2. Frederick J. Hoffman, Freudianism and the literary mind (2d. ed., Louisiana: Louisiana State University Press, 1957), p. 320.

 3. Clara Lair, "Angustia", en Trópico amargo, (2d. ed.; San Juan: Biblioteca de Autores Puertorriqueños, 1956), p. 22

4. "Frivolidad", Ibid. p.81

5. "Nocturnos", Ibid, p. 107

6, "Angustia", Ibid, p. 22

7. Ibid., p. 21

8. Ibid.

9. Ibid.

10. "Gloria", Ibid, p. 42

11. "Soledad", Ibid, p. 61

12. "Dobles", Ibid p. 123

13. "Fantasía de olvido", Ibid, p. 33

14. "Amor", Ibid, p. 15-16

15. "Yo", Ibid, p. 73

16. "Nocturno 27", Ibid, p. 37

17. "Frivolidad", Ibid, p. 81

18. "Fantasía de olvido", Ibid, p. 33

19. "Nocturno", Ibid, p. 29

20. "Nocturnos del amor y de la muerte", Ibid, p. 107

21. "Nocturno", Ibid, p. 29

22. Ibid.

23. "Frivolidad", Ibid, p. 81

24. "Credo", Ibid, p. 119

25. "Lullaby Mayor", Ibid, p. 25

26. "Angustia", Ibid, p. 22

27. "Credo", Ibid, p. 117