Daisy López Nunci

 

 

 

 

 

 

Los poemas

que no le dije

a mi Madre

 

 

 

 

 

 

 

 

1. Espera, Madre, que es hora 

 

 

 

 

Espera, Madre, que es hora,

de que converse contigo,

sobre los sueños pequeños

que en mi tiempo se han perdido.

 

 Y es que el ave que cantaba

muy cerca de tu ventana,

me dejó el sonido alegre

de tu voz en la mañana.

 

                                  

                                                                                                               Angélica Nunci Cordero, 1937

 

 

Y la suave mariposa

que el viento le puso alas,

 trazó tu sombra en  la tarde

para que no te olvidara.

 

 

Y la huella de tu paso

que se perdió en la montaña,

tembló en el blando arco iris

que tus pies acojinaban.

 

 

Espera, Madre, que hay tiempo

para que escuches mi voz,

en el viento y en la lluvia

    en la estrella y en la flor.

 

 Espera, Madre, que traigo

en las manos, el poema

y lo pondré sobre el viento

para que en la tarde ascienda.

 

 

 

 

 

Te llegará con  la luna

y en su luminosa calma

 sabrás, Madre, que el poema

se hizo canción en mi alma.

 

 

  

 

 

 

2. La hora de la flor

 

 

 

Esta flor que se abre en la mañana

tiene, Madre, el aroma de tus sueños

y me pone en el alma la alegría

con que camino a veces sobre el tiempo.

 

Cada rayo de sol con que amanezco

tiene el brillo de luz de tu mirada

y cada  trino que en aire escucho

es tu canción de amor para mi alma.

 

Cada árbol que asciende a las alturas

cubierto por las gotas del rocío

es la promesa vertical y eterna

de tu amor enraizado con el mío.

 

Josefina Nunci Cordero

                                                        La canción que te rezo en esta hora

surge del manantial de mis amores.

Hay en tus manos,  para cada día,

 el sueño del  renuevo  de  las flores.

 

                                                      

 

          

          La hora de la flor, eterna y pura

se hizo verdad de luz para mi tiempo;

cada flor que me encuentro en el camino

es siempre, Madre, tu mejor recuerdo.

 

  

 

 

 

 

 

3. La hora del amor

 

       

     

 

Este amor, Madre, que en tu imagen llega

es mensaje de luz para mi alma

y siento la ternura de tus manos

como gota de sol, cada mañana.

 

Es hora, Madre, de soñar contigo

de escucharte en silencio cuando cantas,

de mecerme en el cielo de tus brazos

y recibir  la paz de tu mirada.

 

La hora del amor, donde tú llegas

a este encuentro conmigo cada día;

es el consuelo de mis horas tristes;

es un regalo que me da la vida.

 

María Isabel Colón Olivieri,

 

 

   

 

 

 

 

Por el camino breve de mi paso

busco la huella que mi ser no olvida,

 y sé que al reclinarme en tu regazo;

es hora del amor, Madre Querida.

 

 

    

 

 

 

 

 

                 

 4. La hora del ser

 

                    

Tu mano se posó por mi cansancio;

y sentí tu figura tan amada;

me dejaste la paz de las palomas

que brilla en el rocío de la mañana.

 

La hora de la paz, siempre buscada,

late en mi  corazón tan suavemente;

que llegan en el roce de tus manos

dos alas que acarician dulcemente. 

 

Cómo te siento, Madre, en cada vuelo

del ave que traspasa el horizonte.

Como te siento, Madre, en cada estrella

que parpadea en la paz de cada noche.

 

 

Isidra Méndez Irizarry

 

              

 

 

Y de nuevo, al andar por mis caminos,

te siento Madre, retomar mi mano

y acompañar mi paso por la vida

como sueño de amor, siempre a mi lado.

 

 

 

 

5. La hora de la tarde

        

 

 

En esta eterna paz, donde reposas,

la rosa se reclina sobre el aire;

la luz sobre la hierba se deshila;

el ocaso es un fuego que no arde.

 

Mi ser, que se serena en la presencia,

de tu sueño de paz que se eterniza;

percibe el leve roce de tu mano suave

en la suave caricia de la brisa.

 

Abro al tiempo un cuaderno de oraciones

y dejo que el rosario se resbale.

 Mi mente es un misterio que se asoma

a la vida que en sueños se deshace.      

 

 

 

 

 

Cada lápida tiene una luz blanca

como gota de amor que el tiempo abre,

Te pienso Madre, como ayer, dormida

en el cojín de nubes de la tarde.

 

 

  

6. La hora de la noche

 

El camino es tan largo, cuando esperas

que el tiempo no detenga sus horarios;

que el tic tac donde pulsa sus misterios

en un fluir eterno, siga andando.

 

La hora de la noche es más oscura

cuando arrastra un presagio que se siente

y pone en los relojes de la vida

 un ritmo detenido  y descendente.

 

 

La hora de la noche, me recuerda

una estrella fugaz en el espacio

donde el tiempo ilumina brevemente

la huella detenida de unos pasos.

 

 

 

La hora de la noche es un camino

de donde no hay regreso aunque lo intentes,

la hora de la noche es un sollozo

que se rompe en las aguas de la muerte.

 

 

 

 

 

 

7. La hora de la luz

 

 

 

Esta luz que reposa en tu ventana

con una santidad de blanco inerte,

me recuerda el adiós de las heridas

que se abren al espacio para  siempre.

 

Hay tanta luz cuando te falta vida

hay tanta luz cuando te sobra muerte,

un temblor de tristeza abre en los cirios

dos alas de paloma que se pierden.

 

 

         El cuarto que resguarda tus ensueños

y el manto que cobija tu figura,

es el sudario que te ofrece Cristo

para abrigar tu viaje a las alturas.

 

                                           

 

 

 

 

 

 

 

Hoy te recuerdo, Madre, como siempre.

en la flor, el rocío y en la brisa.

 Mi rosario es tan solo un arco iris

                 para  el ángel  de luz de tu sonrisa.               

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

8. La hora de la muerte

 

 

 

La hora de la muerte es tan callada

como el silencio azul del horizonte.

El aire se detiene tras  la nada

mientras el viento aquieta sus rumores.

 

Ni el eco se perfila en la montaña,

la línea de la luna se adormece;

se detienen las alas de la vida

y se elevan al tiempo los cipreces.

 

 

 

 

Cuánto duele la imagen detenida

en la hora infinita de la muerte!

Es cristal la pupila ensombrecida;

la forma es una línea que se pierde.

 

El paso de los años se congela.

 Los dedos se adormecen en la tarde,

las cuentas del rosario no se escuchan;

la tierra es una herida que se abre.

 

                       

 

 

 

 Desde el sueño callado de la vida.   

y en la llama de luz que lenta asciende,

es, Madre, una oración tu paz sencilla,

mientras el tiempo canta:

duerme,

                          duerme.

 

 

  

 

 

 

 

 

9. La hora de la paz

 

 

Esta paloma blanca que se aquieta

y detiene en la noche sus dos alas, 

me recuerda el reposo de tus manos

y un sonido lejano de campanas.

 

Es domingo en el tiempo detenido,

la luz donde reposas es tan blanca

que hiere la pupila que se asoma

al tenue resplandor de tu mirada.

 

 Las aguas de tu río se detuvieron

no resuena tu paso en la montaña;

te hiciste eterna, Madre, sobre el tiempo,

la hora de la paz llegó a tu alma.

 

 

Epifania Olivieri Olivieri,

 

 

10. La hora del  adiós 

                

 

 

Cuánto duele un amor  que se hizo llanto!

Cuánto hiere una huella detenida!

Es tan breve el camino que se pierde

en el borde inexacto de la vida.

 

Entonces se reclinan las auroras,

la luz sobre el  ocaso se deshila,

el tiempo rueda de la mano inerte;

 el pulso se adormece en las heridas.

 

 

Espera, Madre, que nos queda tiempo

para hablar de las cosas de la vida.

Espera, Madre, para que te sienta

palpitar en tu esencia detenida.

  

 

 

Silencio de palabras y sonidos

silencio por la luz y por el  viento;

silencio en el poema nunca dicho,

silencio en el espacio y en el tiempo.

 

Y comprendo el silencio de tu vida

y respeto el silencio de tu cuerpo,

Y al caminar tu viaje de partida;

hoy no te digo adiós, sino hasta luego.