LA VOZ LÍRICA DE DAISY LÓPEZ NUNCI

 

                                                      (Ponencia leída en el Primer Congreso              

                                                       de Literatura Hispanoamericana Contemporánea)

 

                                                                                                                    Por: Ramón Zapata Acosta, Ph. D.

 

     1. Presentación

 

 

 

 

     Daisy López Nunci es una joven poetisa puertorriqueña dedicada a la docencia. En 1967 la Sociedad de Autores Puertorriqueños le otorgó el Primer Premio a su poema “Hombre y montana”. En 1974 publicó su libro La mujer en la Isla, que en 1975 recibió el Premio Medalla de Oro del Club Cívico de Damas de San Juan. Tiene otros tres libros inéditos, todos galardonados. Ante doce crisis de la mujer isleña (Poemas con algo de razón) recibió Premio en el Festival de Navidad del Ateneo Puertorriqueño en 1975; Momentos del hombre de hoy (Tres para un poema) obtuvo Mención Honorífica en certamen auspiciado en 1978 por la Universidad Católica de Puerto Rico; Los motivos del yo (Siete fragmentos para una canción universal; la mujer integrada) se llevó el Tercer Premio en el Certamen Clara Lair, de la Mobil, en 1980. Su “Poema en tres dimensiones reales y una dimensión inexistente” fue Segundo Premio en el Certamen de Poesía de la Sociedad Puertorriqueña de Escritores en 1979.

     En la poesía de Daisy López Nunci vibra una preocupación por la identidad y la vida del ser puertorriqueño, y una angustia por las realidades íntimas del yo, de tono existencial. La voz poética se mueve entre la realidad y el misterio, en un mundo de metáforas y símbolos, con apariencia a veces de hermetismo. Hay poemas que se conciben a la manera de una pieza musical, con movimiento rítmico ondulante y vivo, con emotivos apóstrofes y repeticiones, dentro de la brevedad y la síntesis. Muchas composiciones son una visión original en que la poetisa se asoma a su alma y ve lo real como moviéndose en un espejo expresionista, traspasando siglos en capricho imaginativo. Otras veces tiene los pies en la tierra, en tiempo actual. Cada libro ha sido elaborado cuidadosamente con unidad temática, estilística y técnica.

 

     2. El poema “Hombre y montaña”, no recogido en libro, premiado, como dijimos en 1967, ya presenta el tema de lo puertorriqueño, del paisaje, de las labores, del hombre campesino que ama a su tierra, pero emigra hacia el Norte. Al emigrar a la gran urbe le invade la nostalgia, y en significativo contrapunto de hexasílabos y dodecasílabos, hay contraposición entre lo de aquí y lo de allá:

 

    “El paisaje abruma;

     gigantescas moles

    vetustas y pardas

         aprisionan hombres.

                                     (La paz de los cerros sonríe desde arriba,

                                     desde la distancia el hombre la mira.)”

 

Lo de aquí, dado en forma impresionista y en parte como claroscuro, es la montana, la décima, la azada, los naranjales, el coquí. El campesino se sugiere, deja lo que allá y vuelve a la comunión con su paisaje.

     3. En los veinte poemas de La mujer en la Isla –libro de altísima calidad imaginativa- ella, la mujer, se identifica con lo telúrico, con la Isla, que es como si fuese su propio cuerpo. Pero le abruma el hombre que no es como ella; el hombre es abúlico, no siembra, busca hacia el mar, hacia la emigración, para dejar de ser hombre de aquí. Ella trata de detenerlo, pero no es escuchada. El poema inicial, “Así me fui trazando en esta tierra”,  de movidos alejandrinos y heptasílabos, con paréntesis y apóstrofes casi gritos, es una síntesis del ser de ella y su identificación. Ante él, ella sufre metamorfosis para presentarse finalmente como isla, y él no se detiene. Ella es río, árbol, mujer, isla. Lo apostrofa sin resultado: “¡Mírame, hombre, mírame! Tan atada a la tierra/ y a la vez liberada”; ¡Detente, hombre. Detente! ¡Dale a mis soles verdes/ un poco de la vida que se agita en tu mano!” (págs. 19-20). Ella se hace síntesis firme del ser isleño:

 

                                “El crisol de mis ojos ha cuajado su raza:

                          y soy isla por ser mujer,

                          y soy tierra por ser mujer;

                          en el siglo me adentro

                          con este tiempo roto entre las manos.” (20)

 

     Lo  telúrico está representado por la montana, el río, el agua, el surco, el árbol, las maracas. Aparecen, ya vimos, “soles verdes” y ella tiene “tronco pardo”, “raíz tan parda, y hasta hay “este fruto callado de verdeparda música”, en original sinestesia. (20)

     Ella traspasa el tiempo hasta la raíz indígena. La presencia de lo indio se le hace una constante. Habla del “guanín de oro de la tarde”. Pide:

 

                     “¡Un dujo!, Cacique, ¡un dujo para ella!

                      que espera a los naborias

                      que mañana vendrán por la cosecha.” (21)

 

                                         (“Motivo del surco encontrado”)

 

Y se penetra en lo indio imaginariamente. “Poema en cuatro movimientos” nos da lo indio según se le desvirtúa. El segundo movimiento es sobre la espera para el areyto:

 

                    “Sobre la montaña que circunda el templo

                     los pies del areyto

                     su compás esperan.

                     Pies indios bejucos

                     que se arrastran lentos

                     cubriendo

                     cubriendo

                     cubriendo la tierra.” 

 

Mas esta espera lleva al “no-movimiento”, a lo indio sin poderse manifestar, quieto, sin los símbolos de la identidad: “Un cuerpo./ Sin barro,/ sin color,/ sin forma./ Tambor y bejuco;/ sin compás,/ sin tiempo.

 

     El verde es el color que más la identifica a ella como ser de aquí. Es el verde del paisaje y es un verde interior de lozanas esperanzas. Ella es verde, pero el hombre no la ve verde, y a ella eso no la conturba, porque está segura de lo que es. No así él, que peregrina sin oír las voces de la tierra, sin sembrar en el surco, sin mirar el verde del monte (“Motivo del inútil peregrinar”). Ella sí que va realizando una afirmación, segura de sus raíces y haciendo lo que los hombres no hacen:

 

                          “Y me fui con la tierra cuesta arriba

                            abriendo surcos con mis raíces duras;

                            rompiendo los caminos que los hombres

                            dejaron olvidados por los montes.”  

 

                                                                                                                                     (“Por qué no soy árbol”, p.41)

 

Y es que el hombre emigra, dejándola sola:

 

          (“El hombre, tiempo sin isla, se hizo a la mar en el arca.”)

 

                                                                                              (“Motivo del esfuerzo inútil”, p. 43)

 

 

Y este abandono causa que la mujer se sienta sin fuerzas, mientras “Por el monte va el coquí con el canto desmembrado.” (Motivo del esfuerzo inútil, p. 44) Pero hay una razón de alegría: la reconocen isla las aguas del mar, las rocas del mar, el viento al pasar. Esto es, la naturaleza llamada a afirmarla. Oigamos el breve y movido poema “La razón de mi alegría”, compuesto en musicales hexasílabos y dodecasílabos, con repeticiones y personificaciones, y con significativas visiones entre paréntesis:

 

          “Me dijeron Isla

           las aguas del mar.

                     (Los diez  caracoles largos de mis dedos

                      pegados al tiempo se oyeron temblar.)

 

          ¡Isla!, repitieron las rocas del mar.

                     (El coquí de arena que duerme en mi pecho

                     dio una voltereta y empezó a cantar.)

 

         ¡Isla!, dijo el filo del viento al pasar.

                     (De entre las arenas, levanté de un soplo,

                     cuajados al siglo, los hombres de sal.)

 

        ¡Isla!, por los surcos que puse en sus manos

        para ir a sembrar.

       ¡Isla!, por el eco que rueda en el tiempo

        desde el arenal.

                    (El monte recoge la canción de sal.)”

          

Ella espera la vuelta de los hombres, como se observa en “Jornada para un solo camino”:

 

                        “(Para cuando lleguen los hombres

                     -polvo y sangre-

                    la mujer

                         desde el tiempo,

                         siembra maguey para hamacas

                         y yuca para casabe.”

 

     Es de honda significación este sentir por lo indio, esta vuelta imaginativa a lo indio en el tiempo, como en una especie de karma. El tema de lo indio ha estado presente en  diversos poetas de nuestro país ya que lo taíno es uno de los elementos que componen etnológicamente el ser puertorriqueño. Daisy López Nunci ve en esta vuelta una afirmación vital, un sentido de identidad, en mezcla con la naturaleza, ante el mar que da ejército de caracoles para subir a la montaña.

 

 

     4. Ante doce crisis de la mujer isleña (Poemas con algo de razón) es el segundo libro de la poetisa, como ya hemos señalado. Lo componen doce poemas semejantes en forma a los de La mujer en la Isla. Cada poema tiene un lema. Y en el lema general del libro se expresa como la mujer “fue dejando de ser Isla” al resbalar en el tiempo, fue dejando de ser ella en su firmeza. Tiempo y muerte son -leit motiv de una vibración intensa. Ella, que ha sido Isla, se siente como un cemí, en viaje “sobre el hombro de la muerte” (I). El tiempo la ve “desvertebrada y rota” y un buitre baja a sorberle la sangre, ella inmóvil, figura que ha dejado de ser ella, ya sin verde identificador (II). La sangre vertida en el tiempo sale en borbotón, y, como si fuese un sueno kármico, lo indio surge en visión ensangrentada:

 

                              “En la tierra taina, sin pisadas,

                          Atabei talla su flauta de hueso.

                          Y las gotas de sangre, liberadas,

                                                                                                                    ruedan por la montana su silencio.”

 

Y el coquí, el güicharo, la maraca y el areyto se ven ensangrentados; pero se busca “una mujer taína que no ha muerto”, donde está la posible salvación (III). Y ella, transformada en india, se aparece en el paisaje, casi desnuda, y los hombres la apedrean: “Y me senté en el dujo de la muerte./ Cuatro naborias velan mi figura”. (IV). Y al hombre le pregunta irónicamente: ¿Qué mano te dará sobre mi tumba/ el aletazo azul de la firmeza?” (V). El no podrá hallarla, ya en libertad, identificada con la yerba, la mariposa, el rocío, la lluvia, el tronco, “y raíz vertical/ abriendo tierra.” (VI). Seguirá siendo ella, aunque no la reconozcan en su figura. Y, por no estar ella, “Ya nada será verde”, (VII) “No habrá dujo”, será “taíno asesinado en la no guerra”. (VIII). “Mi cuerpo iba tomando la seriedad de un féretro”, (IX), añade, para indicar la crisis de la mujer que no hace manifiesta su figura en el tiempo. (X)  La mujer se quitó el verde de su cuerpo, “Y se sentó en el sueño de un dujo desindiada e incolora”. (XI) Acude al gran espíritu indio para que le vigilen el sendero, pero hay un final, como en acotación teatral trágica: “(Para mi hora final, una taína sin Isla,/ colgará una hamaca al tiempo para mi cuerpo sin vida.)” (XII)

 

     Estas doce crisis son crisis de desolación, de no ser, de muerte, de un sin ir sin resultado a lo indio, traspasando el tiempo. La mujer, que afirmó su presencia en La mujer en la Isla, se deshace sin vida. Se rompe lo indio, lo isleño, el tiempo, y queda al final una pesada sensación de no ser.

 

 

     5. En Momentos del Hombre de hoy (Tres para un poema) hablan tres: Voz, Poeta y Hombre. Estos son los tres para un poema. Ante un mismo tema de la viva realidad social, humana o política del momento actual, hacen comentarios, aunque no hay precisamente diálogo. Estos comentarios se intercalan entre imágenes poéticas, como en los poetas de la protesta social. El propósito del libro es manifestar disgusto, queja, crítica y hasta burla. El hombre es un ser sin orientación fija. La voz le dice:

 

                         “Es una encrucija

                         la sangre de tus venas

                         Hoy caminas la Isla

                         entre las multitudes

                         sin precisar tu huella.”

     (Momento 1: El hombre)

 

     El Poeta y la Voz dan sus pesares ante las realidades del vivir actual puertorriqueño, enfrentando al Hombre con su propia imagen. Hay quince momentos, cada uno con una faceta específica: “El Hombre”, “El ideal”, “La bandera”, “El político”, “El líder”, “La urbanización”, “La ropa”, “El nombramiento”, El defensor”, “El descenso”, “La educación”, “La agricultura”, “El trabajo”, “El homenaje”, “La esperanza”. El ideal está sujeto a conveniencias pragmáticas. No se aprecia la bandera. El político, apilando palabras, es derrotado y vierte llanto. El líder, derrotado, se pasa la noche de la derrota “pisoteando palabras que ya estaban podridas”. La urbanización es novedad con que se suena; la Voz comenta con ironía: “Amontonas recibos por 30 largos anos/ que es quizás el promedio de nuestra vida médica”. Al comentar sobre la ropa, dice el Poeta señalando males del momento:

 

                             “Colecciono retazos:

                                     de montañas maduras,

                                    de ríos empobrecidos,

                                   de mar contaminado,

                                 de cafetal anémico,

                                de platanal estéril,

                                    de surco sin semillas

                                          y de hombres con miedo.

                                      Una túnica busco con un patrón sin tiempo.

 

   

 Los retazos son retazos de la situación actual del vivir y de la circunstancia. Resumiendo, en los quince momentos la poetisa revela, entre imágenes y palabras cotidianas, su visión de lo isleño, que se le aparece falto de ideales y lleno de conveniencias. El libro responde al profundo disgusto de la poetisa. Los poemas conservan altura lírica, y lo apoético se tiñe de lo poético.

 

 

 

6. Los motivos del Yo. (Siete fragmentos para una canción universal: la mujer integrada) se compone de siete poemas algo extensos, propios para declamarse, semejantes a una pieza musical. (La poetisa es excelente declamadora.) Exclamaciones, interrogaciones, apóstrofes, emotivos comentarios entre paréntesis (recurso muy usado por la escritora), organización de los versos a la manera de Apollinaire, imágenes de gran expresividad se suceden con vivo movimiento rítmico. En “El barro transmutado” (1), ella sale a la vida inquiriendo:

 

                 “Me llamó la hora

                    y salí a la vida.

                   Detrás de mi sombra me palpé desnuda

                   y tembló la idea.

 

              _¿Quién podrá cubrirme?

                                     La tierra!_

                                     La tierra!_

 

                                    _¿Quien podrá guardarme?

                                                   La tierra!_

                                                   La tierra!_

                             Y miré hacia el suelo

                             buscando mis huellas

                             desnudas y frías.

 

                                     (El leve temblor del río cristalino

                                       me prestó sandalias

                                                   y salí al camino.)

                             ¡Asombro en las voces de los tiempos viejos!

                                     Mis pies

                                       sobre el polvo

                                                    azogan espejos.

 

     Ella ambula, inquiriendo, entre “maizales rubios”, “quietas colinas”, “sobre las lluvias”, y en su barro queda impreso todo cuanto percibe: rosa, abeja, río, sierra, maleza, guajana, trigo, flauta de caña; la cubren maizales, naranjos, almácigos, pinos, yagrumos. Toda la naturaleza se dio cita en su alma para darle nombre: “mujer-barro”, “mujer-río”, “mujer-campo”, “mujer-trigo”. Pero solo el hombre, su semejante en el tiempo, podrá guardarla:

 

                                   Espera, hombre-campo!

                          Espera, hombre-trigo!

                            Espera! Hombre-barro!

                        Espera, hombre-río!

                                Tú podrás guardarme.” (I)

 

Es una búsqueda de complemento humano entre todos los paisajes.

     Al traspasar las distancias y el tiempo, inquieta, en busca de su verdad existencial, vuelve otra vez a lo indio, “Integrada en las razas”, “¡Plural en la consciencia!” (II) Se halla, como en un espejo, entre otros, pluralizada, pero sola: “Hago mi parte sola desde el punto infinito que toca la consciencia!” (III)

     El fragmento quinto, que titula “La chispa espejeante: el amor”, en dos partes,  la lleva imaginativamente a la tierna realidad amorosa. Dice de sí misma, en delicadas imágenes, reconociendo su figura esencial: “(Soy un nido de luz detenido en el tiempo.)”, “(Mis ojos asombrados son espejos de agua.)”; “(Mística y transparente me deshago en fragancias.)”.

     La poetisa busca en sus internidades otras realidades más allá del tiempo y el espacio. En “Búsqueda interior” se imagina en otros planos de vida y dice con acento kármico: “Me alargo en las distancias de mis vidas ausentes.” Y luego, en “La muerte desvelada”, imagina el no ser, la disolución de su realidad aparencial, el retorno de sus átomos vitales a las fuentes preexistenciales. Todo esto, sin el espanto que tuvo Darío, porque ella retiene la luz. Y concluye:

 

                    “(El tiempo es telaraña que arropa en el silencio

                                      mi muerte desvelada.)” (VII)

 

     Estos siete motivos del yo, de caracteres existenciales, hacen ver un alma inquieta; llevada en el tiempo y la distancia por inquietudes profundas, pero siempre agarrada a un haz de luz salvadora.

 

 

       7. En “Poema en tres dimensiones reales y una dimensión inexistente”, las cuatro dimensiones son cuatro tiempos, tres interiores y uno exterior. En ella el símbolo hormiga es la clave poética. Ella es hormiga: “Solo queda una hormiga dormida en mi cerebro: yo.” Ella ve su mente aprisionada en las paredes del tiempo en aislamiento estéril, pero cuando duerme, hay hormigas que empujan las paredes. Estas hormigas son criaturas del sueño, y parecen de un mundo surrealista que nos recuerda al de Sobre los ángeles, de Rafael Alberti. Desaparecen: “Las hormigas se pierden en el rayo de luz/ que inventó la ventana.” Pero queda ella como hormiga que ve caminar al habitante isleño a través del tiempo, “Desde el taino triste que se soñó cacique amasando a su pueblo.” Tiempo y hormiga se confunden: “Dejaste que los siglos se hicieran fila larga/ de hormigas sin destino./ Te sentaste a la orilla del mar azul de sueños/ a esperar otra gente”. Es una clara alusión a la falta de voluntad identificadora del habitante: “Eras todas las razas./ No pudiste ser tu.” Y alude al regreso a España de las naos españolas en el ’98 y al desembarco del Norte.

     Ella, como hormiga, ha sobrevivido y ha visto todo. Pero sigue, como en el momento de partida, “Entre cuatro paredes levantadas al tiempo”, soñando y esperando el momento “en el cual las hormigas suban a mi cerebro/ a llevarse los clavos.” Hay un símbolo. La hormiga simboliza la identidad persistente en el tiempo. Esa identidad la tiene ella como observadora de un panorama en el tiempo, panorama que se ve en sueño. Ella y el habitante viven ese sueño. Ella con identidad y el habitante sin tal identidad. Hay un recurso kármico que también aparece en otros poemas de la poetisa. Es un poema valioso con realidad encerrada en símbolo y con angustia vital dada en imágenes transfiguradoras.

 

     8. Nota sobre recursos técnicos y estilísticos de la poetisa

     Daisy López Nunci no usa estrofas tradicionales, ni la rima consonante. Agrupa con libertad los versos. Y la rima, cuando existe, es la asonante. Los versos preferidos son el heptasílabo y el alejandrino. Además, utiliza el hexasílabo y el dodecasílabo, y ocurren casos de octosílabos. Casi no aparece el verso libre.

     La poetisa gusta del ritmo regular, la musicalidad, el fluir sonoro. Ella traza su poesía como para la declamación; como hemos apuntado, es una excelente declamadora. Puede notarse esto, especialmente en su libro Los motivos del yo.

     Abundan las exclamaciones, las preguntas, el decir cortado, las repeticiones, el apóstrofe, las intercalaciones entre paréntesis, todo para viveza expresiva, para movimiento en el decir poético.

     La poesía resulta unas veces exquisita, otras vigorosa, siempre sin disonancias de expresión. El lenguaje es generalmente selecto, las imágenes sugestivas, notable la capacidad creadora. La poesía aparece elaborada en un mundo de imaginación y símbolos, con algunas excepciones en Momentos del hombre de hoy, en que aparecen casos de lenguaje llano y expresiones apoéticas. La voz es críptica en ocasiones, en ocasiones de tono surrealista. Pero en general, hay un hilo conductor para la comprensión, pues cada obra ha sido compuesta muy pensadamente, con unidad temática y estilística.

 

     9. Conclusión

         Daisy López Nunci es una poetisa con voluntad continua de creación, que busca la originalidad en el decir por medio de la imagen. Se interesa  no solo en su yo, acusadamente, sino en la realidad isleña, tanto humana como telúrica. La naturaleza, lo indio, la sicología de la mujer y del hombre aparecen en el foco de su atención lírica. Es una voz nueva de alto valor, acoplada al momento en que vive.