Análisis Literario

 

DAISY LÓPEZ NUNCI

 LA MUJER EN LA ISLA (POEMAS)

                                                 Por: DR. LUIS MARTÍNEZ

 

     Después de varios años de un quehacer poético callado, Daisy López Nunci irrumpe en el mundo lírico hispano con veinte poemas muy personales, de gran economía verbal, que titula La mujer en la Isla. Ya en 1967, la Sociedad de Autores Puertorriqueños la galardonó con el Primer Premio de Poesía por su hermosa composición Hombre y Montana. Ahora se echa a andar, de Nuevo, por el camino del canto con una brazada de versos ente las manos.

      Daisy se identifica con lo telúrico. Sufre metamorfosis como las ovidianas y las de Nicandro de Colofón. Se siente río, surco, árbol, luego mujer y, por último, isla. Sabe que ella, como creatura, _como todas sus compañeras_ se halla sola en la lucha. Le pide a la Isla, en un patético apóstrofe, que le haga blando el sendero. Se adivina doblada sobre el tiempo con sus auroras siempre iguales. Pero espera su hora. Comprende que la mujer ha cambiado en lo exterior. No es lo mismo la muchacha de hoy que la India de ayer. Evoca a la taína que lo perdió todo. Y el lenguaje se le puebla de voces indígenas como Yukiyú, naborias, dujos, caciques, areytos, cemíes, etc.

      Considera que el hombre sin tiempo duerme. Es abúlico, indiferente. No le importan  los problemas del universo. Se ha metamorfoseado en caña. Vislumbra –en otro plano_ al Quijote Isleño frustrado, con su Rocinante en trance de muerte, sin un Sancho con quien dialogar. La Isla es una Dulcinea, soñada y distante, como la del Caballero de la Triste Figura.

      Nuestros hermanos se han vuelto sordos al canto del coquí. No se inclinan sobre la tierra para cultivarla con amor. No pueden alegrarse ante la recolección de una cosecha porque no han sembrado. Se percata de que muchos andan, con los puños en alto, en lucha apretada por un mundo mejor. Ella anhela un orbe distinto. Como San Pablo, se cree una mujer nueva.

     Quiere identificarse con el clima espiritual de su Isla. Pero algo la detiene y la inhibe. Anhela liberarse de la pesadilla del tiempo y de las banderías políticas de derecha e izquierda. Se percata que ha recorrido la distancia intelectual que va del indio al hombre nuevo, según las palabras del Santo de Tarso. Muy dentro de sí misma le crecen como alas.

      Este poemario no recoge solamente el ansia de Daisy López Nunci, sino el de la puertorriqueña en general. Revela la evolución ideológica de la mujer de hoy. Sin embargo, por grande que sea la transformación sufrida, ellas serán siempre nuestras samaritanas, las que nos darán la miel en los labios y el calor de sus pechos en las horas de agobio. Aunque, en lo externo, trabajen en la calle, hablen en  la tribuna pública y se formen en las universidades más avanzadas, en lo íntimo, toda mujer será siempre una madre. Y la ternura que le calienta el alma es la misma que iluminó a la taína y le puso lumbres al corazón de nuestras abuelas y tatarabuelas.

 

EL LENGUAJE Y LOS SÍMBOLOS

      El Lenguaje, a veces, es críptico. No por las palabras que son sencillas como anillos sino por el pensamiento que se le retuerce en un barroquismo muy personal. Hay gran economía de adjetivos. Sin embargo el verde y el pardo cobran, para ella, categoría de símbolos. La dualidad verde-pardo o verdepardo señorea en casi todo el poemario. Nos habla con una lengua expresionista _en que distorsiona la realidad_ de hormigas verdes, sangre verde, hombre verde, muñón verde, por no citar más. Como Romero de Torres en la pintura y Lorca en la poesía, para Daisy, el verde no es un color. Es un misterio.

      Lo mismo le acontece con pardo o cobrizo. Pardo es el color de nuestros hombres, el tronco de nuestros árboles, el tono de nuestra tierra. Las Antillas no son blancas sino mestizas. Y Puerto Rico _antillana desde la raíz_ tiene un matiz parduzco, no solamente en la piel de sus hijos sino hasta en los caracoles de sus mares. Obseden tanto a la poetisa estos colores que hasta nos habla en un poema de la música verdeparda en una sinestesia muy personal.

     Los símbolos se alzan entre sus versos como centinelas avizores. La voz surco _que es una palabra clave en este breviario lírico_ cobra una connotación muy peculiar y encubre diversas realidades. Para la autora no es solamente la herida que se abre en la tierra sino también la meta, el destino de los hombres. Dice: La mujer persigue un surco en el tiempo. Otras veces nos revela que los surcos esperan su tiempo. También humo cobra categoría de símbolo. No es solo, para ella, el heraldo del fuego sino, asimismo, la atmósfera turbia de indiferencia y desamor entre los hombres. Los caracoles _ también simbólicos_ encubren las fuerzas morales, todo el aliento y la pujanza del espíritu.

     Preocupación grande para Daisy es el tiempo. Lo menciona en casi todos sus poemas. Unas veces para caracterizar la frustración: Este tiempo roto entre las manos. Otras, para revelar la tiranía del reloj: La mujer doblada sobre el tiempo. Y, en muchas ocasiones, para hacer ostensible que el pájaro de las horas revolotea sobre nuestras cabezas en todos los instantes. Solo nos salvamos de el cuando irrumpimos en la eternidad. Reloj de arena, hora de arena, etc. Son expresiones suyas que se le escapan constantemente de los labios.

      La metaforizacion es directa, sin zigzagueos. Sus metáforas tiene, a ratos, una fuerza plástica que nos recuerda a Herrera y Reissig. Nos habla del tambor rojo de la tarde, de que el surco es una sonrisa apretada. Otras veces, nos evoca a García Lorca con sus caballos de metal y fuego y su camisa d fuerza, el viento, se hace cuchillo y cercena.

      En sus sintagmas, saltan a la vista, de manera especial, las expresiones verbales. En la primera parte del poemario emplea verbos estáticos _muy en armonía con el espíritu de las composiciones iniciales_ como detener, atar, cuajar, doblar, esperar, etc. A medida que la poetisa se siente mas dueña de su destino y mas apta paras la lucha, recurre a los verbos dinámicos que traducen sus estados emocionales como soltar, espolear, gritar, subir, arrojar, romper, arañar, rebelar, sacudir, patear, etc., por no citar mas.

      Acojamos, pues, con calor, a Daisy López Nunci ya que, después de varios años de labor poética callada, se acerca a nosotros con su poemario La mujer en la Isla entre las manos como una brazada de rosas vivas.